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Soy estudiante de posgrado en el Instituto Tecnológico de Ciudad Madero. Me apasiona la tecnología, la ciencia y el amor, en todas sus expresiones. Planeo conseguir la beca de Monbukagakusho e irme a Japón a hacer un doctorado, convertirme en astronauta y zanjar de la manera más memorable posible mi vida.

lunes, 13 de abril de 2015

Reflexiones sobre la tristeza, melancolía, ansiedad y otras chuches

A mis 24 años he tenido la fortuna de experimentar una gama muy diversa de sentimientos, y por ello, le estoy agradecido a Dios. Gracias a esto puedo afirmar abiertamente que todos y cada uno de estos ―los sentimientos― son necesarios y no deberíamos abstenernos ni prohibirnos de sentir ninguno. Cada uno tiene su función, pese a que realmente jamás lleguemos a comprender exactamente para qué carajos tuvimos que pasar por esta u otra experiencia.

Eso sí, de la misma manera en que el cuerpo debe consumir apropiadamente ciertos alimentos, nuestra alma siempre debe tener bien diversificado y proporcionado su consumo de emociones. De no ser así, sin lugar a dudas caeríamos en algo muy, pero muy ―créeme, muy― pesado. Un nivel completamente distinto al de cualquier padecimiento fisiológico.

El cuerpo pese a toda su complejidad, es bastante más sencillo de tratar en comparación de lo que es el alma. La mente es un terreno aún casi desconocido y bastante peligroso de andar. Sin embargo, todo lo referente al ámbito psicológico es relegado a un segundo plano en el mundo actual. Las personas tienden a juzgar y a menospreciar el sentir de los demás de una forma tan rápida y cruel que suena a chiste que afirmemos que vivimos en una sociedad civilizada. Y no es precisamente a la falta de empatía de las personas, sino a una ignorancia casi auto-impuesta. Ciertamente se tiene acceso y oportunidad de aprender sobre los sentimientos y sobre cómo tratar los de los demás, pero la mayoría de las veces eso suena «tan irrelevante» en comparación con otros asuntos que simplemente se pospone para «cuando haya tiempo», lo que en cristiano significa: nunca.

En TED hay una conferencia afín a esto y que comparto a continuación:



Nuestra mente puede ser nuestra mejor amiga, pero también puede volverse nuestra peor enemiga y encaminarnos a la muerte. Y no, no estoy exagerando. Cuando nuestra alma deja de recibir sentimientos en las proporciones adecuadas y abandona su estado de equilibrio cosas muy malas suceden. Y es malo porque este desequilibrio casi siempre tiende a situaciones negativas que incluyen sentimientos de tristeza, melancolía, ansiedad y un largo etcétera. Se puede dar también el caso contrario ―faltaba más―, pero las mayorías de las sociedad, sobre todo las más industrializadas, hacen difícil tal caso. Como sabiamente dicen los sudafricanos: «yo soy lo que soy en función de lo que todos somos».

Así que reflexionaré sobre la parte negativa del desequilibrio sentimental.

Algunas veces es temporal. Esto puede ser derivado de situaciones donde no nos encontremos con el resultado que esperábamos. Obviamente, situaciones así son relativamente comunes y para la mayoría de las personas es algo que se supera pronto. Pero hay también personas a las que no les es tan sencillo, y son estas a las que la tristeza se vuelve algo crónico, lo que a su vez trae consigo otros sentimientos como la melancolía, ansiedad, nostalgia y cien demonios más.

A esta última situación también se puede llegar de una forma tan gradual, casi imperceptible. Algo así como con sucede con las ranas¹:

Si usted arroja una rana viva a una cazuela con agua hirviendo, la rana con toda seguridad se salvará, pues ante la sensación abrasadora del agua en ebullición, el batracio se impulsará sobre el agua en centésimas de segundo y saltará fuera de la cazuela humeante.
Pero existe una pequeña variante del experimento. Meta la misma rana en la misma cazuela, sólo que esta vez llena de agua fría. La rana se sentirá cómoda en su elemento, y no saltará. Luego caliente paulatinamente el agua, y verá como la rana termina su vida cociéndose sin que apenas se entere. ¿Qué ha pasado? Simplemente que en el segundo experimento la rana no detecta los pequeños cambios paulatinos, sino que percibe una agradable tibieza que termina llevándole a la muerte, pues cuando quiere reaccionar ya es tarde, bien porque carece de fuerzas, bien porque no encuentra la base necesaria para apoyar un enérgico salto o simplemente porque carece ya de la voluntad de salvarse.

Como dije anteriormente, la mente humana es un mundo completamente desconocido, y es precisamente por desconocido que se prefiere ignorarlo esperando no tener que entrar y enfrentar a lo que se presente.

Y es aquí cuando llego al meollo de estas reflexiones, el cual es poner sobre la mesa la cruda verdad que es que no todos los que llegan a tales instancias tienen la culpa de estar así. Se debe tener en cuenta eso siempre, ya sea que se enfrente uno ante una situación así o tenga que prestar primeros auxilios emocionales. Nadie quiere ni elige estar en esa situación, pero el sobreponerse puede llegar a ser una tarea titánica. Las personas que pasan por algo así tienen plena conciencia de que su imposibilidad de realizar inclusive tareas sencillas es ridícula como para que encima llegue alguien y diga: «todo está en tu mente, anda levántate y ponte a hacer algo productivo».

Si estás en equilibrio con tus sentimientos, practica entonces tu empatía y se comprensivo con quien no tiene la fortuna de estar bien consigo mismo. El apoyo de los demás puede ser determinante para quién está así. No te canses de apoyar y ayudar, ni mucho menos dejes de insistir. Estas acciones, a mi parecer, son las que de verdad fundamentan una sociedad civilizada.


1. De Brabander, C. (2012). La rana cocida. Obtenido el 12 de abril de 2015, desde http://sechangersoi.be/ES/5ES-Leyendas/laranacocida.htm
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